(consideraciones sobre la economía moral de la atención, escritas mientras se hacía el café)
Estaba pensando en la música esta mañana —y “pensando” significa acá ese estado pre-cafeínico en el que uno todavía no responde por lo que se le pasa por la cabeza— mientras esperaba que la cafetera terminara su ciclo hidráulico de gorgoteos y suspiros¹. Pensaba esto: toda forma de arte es, en el fondo, un pedido de atención. Las distintas artes lo hacen de maneras radicalmente distintas, algunas corteses y otras casi extorsivas. Nadie habla de esto en esos términos, y me parece raro.
Contexto biográfico mínimo pero necesario: crecí cerca de músicos, así que durante buena parte de mi infancia la música no fue algo exótico ni sagrado, sino algo que la gente hacía, algo que uno debía saber hacer, con mayor o menor vergüenza, como nadar o mentir. Quise ser músico. Todavía tengo ideas para canciones todo el tiempo, lo cual sería conmovedor si no fuera porque mis mejores composiciones, al parecer, estaban destinadas a existir únicamente dentro de mi cabeza, donde además no desafinaban. Después apareció la fotografía, disciplina en la que resulté un poco —un poco— más competente, y al final la escritura, donde empecé a sospechar que lo que buscaba en todos esos lugares era, en realidad, esto.
Lo cual me dejó en una relación rara con las artes. Durante años quise hacer música; ahora, sobre todo, la escucho. Durante años hice fotografías; ahora, sobre todo, las miro. Y llevo tres (3) años escribiendo una novela, porque en algún momento decidí —y uso «decidí» en el sentido en que uno «decide» enamorarse o resfriarse— que la mejor manera de relacionarme con la literatura era hundirle cuatro años de mi vida² a un objeto que, al día de hoy, nadie puede leer. Nadie. Cero personas. Sigamos.
Acá viene lo que me interesa de verdad:
Puedo escuchar a Mozart mientras limpio la cocina. Puedo escuchar a Gilda mientras manejo. Puedo escuchar a Giorgio Moroder mientras hago prácticamente cualquier cosa³. La música tiene esta cualidad casi diplomática: puede entrar en una habitación sin pedirle a la habitación que deje de hacer lo que estaba haciendo. Uno se distrae un minuto —pensando en la cafetera, en la novela, en la asimetría entre escuchar y tocar—, vuelve, y la música sigue ahí, esperándolo sin rencor.

La lectura, en cambio, no perdona.
Una novela quiere que uno se siente. Físicamente. Quiere los ojos, la memoria, la paciencia, cierta inmovilidad del tronco. Pide que recordemos personas que no existen y lugares que no visitamos. Pide que sigamos conversaciones que ocurrieron porque alguien acomodó unas palabras en cierto orden y no en otro. Pide horas enteras de algo que, visto desde afuera —y el lector visto desde afuera es una de las imágenes menos espectaculares que produce nuestra especie—, parece exactamente nada. Adentro, idealmente, se levanta un mundo completo, con clima, deudas y muertos.
Es muchísimo pedirle a alguien. Es también una de las razones por las que me gusta tanto.
Porque una canción puede darnos vuelta el ánimo antes de que entendamos qué nos está haciendo. Pero la literatura tiene otro poder, más lento y más raro: puede hacernos pasar horas dentro de la conciencia de otro, hasta que sus problemas terminan cobrando las dimensiones de los nuestros. La política puede terminar pareciéndose a una familia y la historia a una habitación. El clima, incluso, puede reducirse al tiempo que hace afuera de la ventana de alguien.

El precio es la atención. Y la atención se volvió cara.
Acá conviene detenerse un momento en el idioma, que ya lo sabía antes que nosotros: atención es lo único que se presta. No se da, no se regala, no se vende: se presta, como la plata, con la expectativa tácita de que algo vuelva. El verbo es contable. Siempre lo fue. Y si prestar atención es un préstamo, entonces hay deudores buenos y deudores malos: hay industrias enteras, con organigramas y métricas y gente inteligentísima embolsando sueldos importantes, dedicadas a tomar prestada nuestra atención en cuotas de quince segundos sin devolver nunca el capital, ad infinitum o al menos ad agotamiento. La música encaja bien en ese mundo, porque puede acompañar casi cualquier actividad sin pedir exclusividad. Una novela es más obstinada, casi antieconómica: pide el préstamo entero, de una vez, a tasa incierta. Dicta que durante un rato vas a hacer esto y no aquello, ni aquello otro, ni lo de más allá.
Aclaración, para que no se me malinterprete: no estoy diciendo que la dificultad vuelva mejor a una obra⁴. Una novela espantosa puede exigirte cuarenta horas y no devolverte nada, un canje directamente usurario; una canción buenísima dura cuatro minutos y te arregla la tarde entera. La diferencia no está en la dificultad sino en la estructura del préstamo: la música puede acompañar una vida; la literatura puede suspenderla un rato.
Quizá por eso me fui asentando como escritor, más de lo que nunca me asenté cuando quería ser músico. El músico interpreta, ahí, en vivo, con el cuerpo. El fotógrafo muestra: acá está, miren. El escritor deja instrucciones —eso son las oraciones: instrucciones, aunque el idioma, otra vez adelantado, guardó la misma palabra para los rezos— para que otra persona, en otro lugar, en otro momento, haga algo con su propia imaginación.

Y después espera⁵.
De vez en cuando alguien me pregunta dónde puede leer algo mío, y resulta que es una pregunta sorprendentemente difícil de contestar cuando uno todavía no publicó nada, porque la respuesta honesta —“en ningún lado”— tiene esa cualidad incómoda: según el día, suena a chiste o a derrota.
Esto que están leyendo es una pequeña corrección de esa respuesta.
Un lugar donde ir dejando lo que pienso mientras se termina la otra cosa: libros, música, fotografías, escritura, lo que parezca digno de registro. Un cuaderno público.
Aunque —y este es el tipo de coincidencia que un escritor no tiene permitido desperdiciar— considerando que la novela que estoy escribiendo está llena de gente que lleva cuentas, cuadernos, libretas, expedientes y deudas, le corresponde un nombre más preciso:
El Libro Mayor.
En contabilidad, a cada entrada de un libro mayor se le dice asiento: la misma palabra, exactamente la misma, que nombra el lugar donde uno se sienta. Una novela pide que uno se siente. Un blog de escritor, parece, también va a estar hecho de asientos.
Este es el primero. Si alguien lo leyó hasta acá, el préstamo está saldado.
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¹ Ciclo que dura, cronometrado, unos cuatro minutos, i.e. exactamente lo que dura una canción promedio, dato que no significa nada pero que igual anoto.
² Sí: dije tres años arriba y cuatro acá. Los tres son los que llevo; el cuarto es el que, con un optimismo que ya nadie en mi entorno comparte, calculo que falta.
³ Afirmación verificada empíricamente en un rango de actividades que incluye, sin agotarse en, cocinar, ordenar papeles y llorar un poco.
⁴ Existe toda una teología de la dificultad literaria, con sus mártires, sus fariseos y sus monaguillos, en la que prefiero no entrar hoy porque el café ya se enfrió y porque saldría perdiendo.
⁵ La espera es, estadísticamente hablando, la actividad principal del escritor. Nadie te lo dice antes de empezar.